Ricardo Tavares Lourenço: “La corrección me ha hecho mejor lingüista”

Ricardo Tavares Lourenço: “La corrección me ha hecho mejor lingüista”
Ricardo Tavares Lourenço: “Debemos seguir un orden en la corrección, aprender a trabajar en equipo y consultar fuentes confiables ante cualquier duda por mínima que sea”.

Ricardo Tavares Lourenço (1981), lusovenezolano, es licenciado en Letras, magíster en Lingüística Aplicada y cursa un doctorado en Educación. Además de corrector, es profesor de Gramática, Redacción y Procesos Editoriales en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello y profesor de Portugués en la Universidad Metropolitana. Asevera que las palabras en español y en portugués son su camino y que todo lo que hace está relacionado con las palabras: “Las leo, las escribo, las traduzco, las investigo, las corrijo, las enseño”. “Cada idioma posee un camino que conecta a muchas culturas diseminadas por todos los continentes, y ello enriquece la visión de mundo, pues descubro que un objeto o una situación pueden ser expresados de diferentes maneras”, manifiesta.

 

¿Cuáles han sido sus pasos en el campo literario o editorial? ¿Quiénes le dieron el empujón final para entrar de lleno en ese mundo donde los “buenos sentimientos” no producen el mejor resultado —si nos atenemos a André Gide—?

En la carrera de Letras descubrí mi pasión por la lingüística, y encontré que una aplicación práctica de esos conocimientos estaba en la corrección. Mis inicios como corrector se dieron en una revista literaria que varios compañeros creamos en la carrera, pero mi incursión formal se dio tiempo después, justo al entregar mi tesis de grado. En aquel entonces, Alberto Márquez, quien fue mi profesor en un seminario llamado “Aproximación al proceso editorial”, me contactó para trabajar con él como su asistente de corrección. Fue mi primer trabajo y en él estuve seis años. Fue una escuela para mí, al punto de que puedo decir que prácticamente todo lo que sé sobre la corrección se lo debo a él. Tanto me apasionó la corrección que hice mi tesis de maestría en Lingüística Aplicada —en la Universidad Simón Bolívar— sobre la corrección. Fui más allá y la presenté como una ponencia en el primer Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español (Cicte) en Argentina (2011). Eso me catapultó internacionalmente, al punto de que he acabado por ser la cara visible de los correctores venezolanos en ese congreso en las ediciones de México (2012), España (2014) y Perú (2016). Como consecuencia de ello, escribo sobre estos temas en la revista Deleátur, de la Unión de Correctores de España (UniCo). Esta experiencia no sólo laboral sino también investigativa me llevó a comprender que tenía un compromiso con mi país para profesionalizar al corrector venezolano, lo que me impulsó a crear un diplomado en el Ciap-Ucab y así poner a mi gente en sintonía con lo que se está haciendo ahora en el extranjero. Van doce años de dedicación a la corrección y creo que en los años venideros me esperan cosas interesantes que ojalá sean de gran impacto.

 

¿Cómo definiría la corrección profesional: un oficio, una profesión, un arte..? En Diario de un mal año, del nobel de literatura J. M. Coetzee, el señor C. se pregunta quién juzga lo que suena o no suena bien luego de haber jugueteado con una frase en una jornada de trabajo literario; ¿“el quid de la corrección” se encuentra en esa sentencia a la que se refiere el autor surafricano?

El corrector es un profesional que garantiza que el mensaje del escritor llegue claro al lector. En otras palabras, salvaguarda la imagen del escritor y le brinda al lector un texto de calidad. Me gusta mucho citar a Alicia Zorrilla, eminente correctora e investigadora argentina, para señalar los límites del oficio: “El corrector no es coautor”. El quid de la corrección es, por tanto, asegurarse de que la palabra suene bien para el autor y para el lector.

 

¿Cuál es su metodología de trabajo? ¿Qué trucos o atajos forman parte de su rutina?

Mi metodología suele ser así. Primero corrijo originales en computadora y en esta primera corrección hago la mayor depuración lingüística. De ser necesario, hago consultas de mis dudas al autor o, en su defecto, al editor o coordinador de la edición. Estos originales luego se envían a diseño y seguidamente retornan a mí como primeras pruebas. En esta segunda fase ya toca corregir ortotipografía, verificar que el índice se corresponde con las páginas y los títulos, además de otras erratas que hayan podido escaparse. En esta fase mantengo más comunicación con el diseñador. Cuando todo está listo, la obra sigue su curso a imprenta. Un truco es no corregir todo de un solo vistazo; es decir, dividir el trabajo en partes, pues nuestra atención no se enfoca en todo a la vez. Por tanto, conviene primero corregir el contenido del texto, luego la foliación, luego los encabezados, luego los cortes de palabras, luego el índice y así sucesivamente. Otro truco fundamental que aprendí de Alberto Márquez es desconfiar de la propia cultura general, pues a veces leemos en el texto cosas que desconocemos y que malinterpretamos como erróneas pero que son correctas. Una anécdota es con la palabra inconcuso: la primera vez que la vi pensé que sería inconcluso, pero decidí revisar el diccionario; pues, resulta que la palabra existe y además se correspondía con lo que el autor decía. Al hacer esto, evité “descorregir” el texto. Así que, en síntesis, debemos seguir un orden en la corrección, aprender a trabajar en equipo y consultar fuentes confiables ante cualquier duda por mínima que sea.

 

Avanzar con seguridad en la dirección de los propios sueños y esforzarse por vivir la vida que se ha imaginado llevan, citando a Henry David Thoreau en Walden, a un éxito inesperado. ¿Qué experiencias han sido las más importantes para usted a partir de la corrección?

Como ya lo relaté, mi tesis de grado de la maestría, titulada Estrategias y soluciones en la corrección de textos en el campo editorial: dos estudios de caso, fue un hito clave en mi vida. Hasta donde tengo noticia, es la primera tesis en este nivel en Venezuela y fue mi carta de presentación ante Hispanoamérica. Participar en las cuatro ediciones del Cicte me ha permitido conocer gente talentosa, entusiasta y entrañable de España, México, Guatemala, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Argentina y Uruguay, y comprender de primera mano que nuestros problemas en la corrección en Venezuela también los padecen ellos, por lo que debemos unirnos para dignificar este oficio y propiciar su profesionalización.

 

¿Cuáles considera como los sucesos más curiosos en su día a día?

Cada libro o revista que corrijo es una nueva aventura. Corregir textos sobre temas tan diversos me permite tener una cultura general amplia y conocer usos lingüísticos que luego llevo al aula. Lo coincidente en todos los casos es que siempre impera la premura para entregar, lo cual es estresante si el texto está muy mal redactado. Aunque por fortuna no es frecuente, algunas veces descubro que el escritor sigue escribiendo la obra por su cuenta mientras yo la estoy corrigiendo, lo que causa no pocos quebraderos de cabeza. Por tal razón, le advierto al autor que debe entregarme la versión definitiva de su trabajo para así evitar contratiempos. Y como última curiosidad, la pregunta que todos me hacen y que me cuesta cada vez más responder: “¿Cuál es la tarifa?”. En esta economía hiperinflacionaria (la venezolana), es harto difícil establecer un presupuesto que agrade a las dos partes; de hecho, la inflación ha generado un desbarajuste tal que en la última edición de una revista que corrijo me pagaron 100% por adelantado, algo inédito.

 

En El libro de los abrazos, Eduardo Galeano asevera: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. ¿Qué cambios ejerció en usted la corrección?

¡Vaya que me ha cambiado! Cuando comencé en esto, tuve un problema conmigo mismo, pues venía de una formación en la cual se establece que la lingüística es una ciencia descriptiva, pero luego encuentro que la corrección se enfoca en la norma lingüística, es decir, es prescriptiva. ¿Qué hacer ante dos ideas antagónicas? Lo que me ayudó a resolver el asunto fue entender que la escritura no es igual que la oralidad (enfoque principal de la lingüística moderna) y que la variación lingüística hay que tomarla en cuenta para la adecuada construcción del mensaje. Hay que valorar un texto bajo tres ángulos: género literario, audiencia a la que va dirigido y el idiolecto del escritor. Entonces, procuro corregir aquello que no se corresponda con el género literario, que no se adecúe a las expectativas de los lectores y respetar las peculiaridades del lenguaje del autor, ya que están supeditadas a su dialecto, profesión y nivel sociocultural. En síntesis, la corrección me ha hecho mejor lingüista.

 

La resistencia de parte de los autores, especialmente los creadores literarios, ante los cambios, es un hecho siempre esperable en nuestra profesión. ¿Qué actitud debe tomar un corrector ante la naturaleza transgresora y transformadora de la literatura?

El corrector que corrige literatura debe tener olfato para detectar que una transgresión lingüística tenga claramente una intención estética y debe asegurarse de que sea coherente y consistente. Ante la duda, es mejor consultar al autor. Por ejemplo, José Saramago, para introducir un diálogo o las palabras de un personaje en sus novelas, pone una coma y de inmediato escribe la primera palabra con inicial en mayúscula. Es un método propio que, si bien es transgresor, está hecho de un modo constante. En estos casos, el corrector debe verificar que al autor no se le haya escapado nada.

Otro ejemplo es el de Mario Vargas Llosa, quien en su libro La civilización del espectáculo menciona que las personas, cuando leen revistas de farándula como Hola, “se la pasan muy bien sobre cómo se casan, descasan, recasan (…) los ricos triunfadores y famosos”. Pienso que si un corrector hubiera cambiado descasan por se divorcian y recasan por se vuelven a casar le habría restado mucho a la expresividad y a lo mejor le habría causado un disgusto al autor. Asimismo, hay escritores que tienen ciertas preferencias lingüísticas heterodoxas que hacen saber de antemano y que debemos respetar, así no estemos muy de acuerdo. A fin de cuentas, es su obra.

 

¿Cuál es el género literario más difícil de afrontar de parte de un corrector? ¿Tiene en mente algún autor en particular al hablar de las complejidades en el arte de la palabra?

Probablemente la poesía. Es un género que se presta para cualquier tipo de innovaciones y de usos que se alejan de la norma lingüística, y esto hace que uno se paralice, pues a primera vista no se sabe qué es correcto y qué no lo es, en especial si es poesía contemporánea. Toca asesorarse con el propio autor para que explique la intencionalidad poética planteada por él. Si va a corregirse poesía tradicional, el corrector debe conocer de métrica, pues ya se trata de estructuras estándares, como sonetos, décimas, octavas y coplas, entre otras. En estos casos, los errores se centran en asimetrías en los versos o rimas mal estructuradas. De nuevo, el corrector debe tener un olfato para saber distinguir el error de la licencia poética y para ello debe leer muchos poemas y conocer sobre el género. Hay quien dice que debe ser también poeta.

Con respecto a la siguiente pregunta, pienso en Erasmo de Rotterdam, quien en el Elogio de la locura plantea que la locura (o la necedad) es la que hace que la gente se vanaglorie de cosas que acaban por ser absurdas para la sociedad, pero que ésta acaba por aceptar.

 

Respecto a los ámbitos económico y laboral, ¿qué acciones deben emprender los correctores para mejorar su situación? En vista de los cada vez más frecuentes encuentros, talleres y seminarios relacionados con la actividad, ¿podría hablarse de una eventual federación internacional de correctores?

La principal acción es reunirse y conocerse mutuamente. Sonará paradójico, pero el corrector se caracteriza por trabajar en equipo desde la soledad. Si bien interactúa con otros actores del mundo editorial, interactúa muy poco con otros correctores, por lo cual los esfuerzos están disgregados. El corrector novato u ocasional no siempre conoce el protocolo de acción en el trabajo ni mucho menos cómo se cobra su servicio, pues, aunque estudie carreras humanísticas como Letras o Comunicación Social, ese know-how no lo aprendió en ellas. En España y varios países americanos advirtieron este problema y desde 2005 se ha generado un boom de asociaciones de correctores: UniCo (España), Ascot (Perú), Correcta (Colombia), Acorte (Ecuador), Auce (Uruguay) y Pleca (Argentina). Peac, en México, aunque con más años y con un espectro mayor de los profesionales de la edición, también ha trabajado al respecto. Si bien se ha pensado en conformar una alianza de asociaciones de correctores, esto aún no se ha materializado del todo. Por ahora, el congreso ha resultado ser el evento que aglutina internacionalmente todos estos esfuerzos. ¿Y Venezuela? Todos me preguntan cuándo surgirá nuestra asociación. Ojalá pueda reunirse un capital humano verdaderamente comprometido para echarlo a andar y que se convierta en un instrumento de profesionalización y de impulso por un uso idiomático óptimo en el país, que buena falta que hace.

 

¿Qué les recomendaría a los correctores noveles o aquellos que quieran comprender el quehacer de “la sombra del escritor”?

Ante todo, formarse. Además de conocer muy bien la lengua española (ortografía, gramática y léxico), es menester que conozca sobre la producción editorial, sus fases, quiénes intervienen, etc. Debe ser detallista hasta en los detalles más insignificantes, sin caer en un perfeccionismo que impida concluir el trabajo. El corrector debe ser muy paciente, muy humilde y tremendamente respetuoso con el autor. El corrector no está para reprocharle al autor sus faltas, sino para brindarle un servicio, porque debe saber tratar a alguien que escribe su obra con una ilusión infinita, y si el corrector le demuestra un interés sincero por su obra, la combinación será ganadora. El corrector debe saber trabajar en equipo y tener sinergia con todas las personas. El corrector debe ser la tranquilidad del escritor. Además, debe aprender a consultar las dudas en fuentes confiables.

 

Si existe una lectura obligada para el corrector profesional, ¿cuál es? Finalmente, y emulando una pregunta de Jean-Claude Carrière a Umberto Eco en Nadie acabará con los libros, ¿qué textos debería salvar un auténtico corrector en caso de una catástrofe?

En caso de una catástrofe, los primeros por salvaguardar son los libros de José Martínez de Sousa, porque son considerados las biblias del corrector por su amplitud y confiabilidad en aspectos lingüísticos y editoriales, en especial en lengua española. Luego seguirían el diccionario de María Moliner, la gramática de Andrés Bello y las obras de la RAE, del Instituto Cervantes y de la Fundéu.

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