El corrector de estilo y las tribulaciones de Julio Cortázar

El corrector de estilo no puede limitar su trabajo a la mera recomposición formal (ortografía, gramática, sintaxis) de un texto. Hay muchos otros factores que debe tomar en cuenta el profesional de la corrección. ¿Cuál es el contexto del autor? ¿Hace uso de modismos propios de un área geográfica o de un momento histórico? ¿Hace uso de extranjerismos? ¿Existe la posibilidad de que una frase que nos parece incorrecta sea en realidad un giro del autor?

“Clases de literatura. Berkeley, 1980”, de Julio Cortázar. Incluye notas sobre el corrector de estilo
En una de las sesiones transcritas en Clases de literatura, Julio Cortázar cuenta cómo un corrector de estilo agregó 37 comas a una página suya.

 

El corrector de estilo y la subversión del idioma

El corrector de estilo debe estar claro en que, para subvertir el idioma, hay que conocerlo en profundidad; no basta con quebrantar unas normas aquí y allá y hacerse el rebelde. Para ver esto con claridad, tomemos por caso el cuento “Usted se sentó a tu lado”, del argentino Julio Cortázar.

Ya en el título de este relato podemos advertir que se trata de una frase que, desde el punto de vista gramatical, es incorrecta. Podría decirse “usted se sentó a su lado”, donde “su” es adjetivo posesivo de tercera persona, con lo que se convertiría en una sustitución elíptica de la hipotética frase “usted se sentó al lado de esa persona”. O se puede decir “Él [o ella] se sentó a tu lado”.

Pero sucede que en este cuento el narrador de tercera persona habla sobre un día de playa en el que un adolescente redescubre su encendida —y oculta— pasión por una tía. Como es usual en muchas familias, el trato del muchacho hacia la pariente es de usted.

Así, para transmitir toda una realidad implícita en el manejo de los pronombres por parte de los personajes, Cortázar los cambió: en lugar de utilizar los que debería haber usado el narrador omnisciente, construyó su relato con los que empleaban el muchacho y la mujer al conversar entre ellos. Como él se dirige a ella como usted, y ella a él como , todo el cuento es desarrollado sustituyendo los nombres de los personajes por la forma como ellos se nombran entre sí.

 

Julio Cortázar y el corrector de estilo

En Clases de literatura, Cortázar habla de su relación con el corrector de estilo de una editorial. El profesional, si bien hizo su trabajo apegándose a las normas del idioma, terminó convirtiéndose en un dolor de cabeza para el autor de Rayuela, un escritor —y además traductor— con un gran conocimiento de los mecanismos internos que pueden convertir la escritura en una forma de arte.

Veamos lo que dice Cortázar al respecto:

En determinados momentos de la narración no me basta lo que me dan las posibilidades sintácticas de la prosa y del idioma; no me basta explicar y decir: tengo que decirlo de una cierta manera que viene ya un poco dicha no en mi pensamiento sino en mi intuición, muchas veces de una manera imperfecta e incorrecta desde el punto de vista de la sintaxis, de una manera que por ejemplo me lleva a no poner una coma donde cualquiera que conozca bien la sintaxis y la prosodia la pondría porque es necesaria. Yo no la pongo porque en ese momento estoy diciendo algo que funciona dentro de un ritmo que se comunica a la continuación de la frase y que la coma mataría. Ni se me ocurre la idea de la coma, no la pongo.

Eso me ha llevado a situaciones un poco penosas pero al mismo tiempo sumamente cómicas: cada vez que recibo pruebas de imprenta de un libro de cuentos mío hay siempre en la editorial ese señor que se llama “el corrector de estilo” que lo primero que hace es ponerme comas por todos lados. Me acuerdo que en el último libro de cuentos que se imprimió en Madrid (y en otro que me había llegado de Buenos Aires, pero el de Madrid batió el récord) en una de las páginas me habían agregado treinta y siete comas, ¡en una sola página!, lo cual mostraba que el corrector de estilo tenía perfecta razón desde un punto de vista gramatical y sintáctico: las comas separaban, modulaban las frases para que lo que se estaba diciendo pasara sin ningún inconveniente; pero yo no quería que pasara así, necesitaba que pasara de otra manera, que con otro ritmo y otra cadencia se convirtiera en otra cosa que, siendo la misma, viniera con esa atmósfera, con esa especie de luces exterior o interior que puede dar lo musical tal como lo entiendo dentro de la prosa. Tuve que devolver esa página de pruebas sacando flechas para todos lados y suprimiendo treinta y siete comas, lo que convirtió la prueba en algo que se parecía a esos pictogramas donde los indios describen una batalla y hay flechas por todos lados. Eso sin duda produce sorpresa en los profesionales que saben perfectamente dónde colocar una coma y dónde es todavía mejor un punto y coma que una coma. Sucede que mi manera de colocarlas es diferente, no porque ignore dónde deberían ir en cierto tipo de prosa sino porque la supresión de esa coma, como muchos otros cambios internos, son —y esto es lo difícil de transmitir— mi obediencia a una especie de pulsación, a una especie de latido que hay mientras escribo y que hace que las frases me lleguen como dentro de un balanceo, dentro de un movimiento absolutamente implacable contra el cual no puedo hacer nada: tengo que dejarlo salir así porque justamente es así que estoy acercándome a lo que quería decir y es la única manera en que puedo decirlo [las negritas son nuestras].

 

El corrector de estilo y su pregunta esencial

De tal manera que, a las preguntas mencionadas en el primer párrafo, hay que añadir una pregunta esencial: ¿qué conocimiento del idioma tiene el autor? Con frecuencia nos toca corregir textos de autores con problemas de diversos tipos. Pero por experiencia sabemos que cuando nos llega un texto de un escritor que tiene verdadero dominio de su herramienta de trabajo —el idioma—, debemos prestar una atención extra a sus textos.

El corrector de estilo mencionado por Cortázar, quizás por exceso de celo profesional, no advirtió que estaba ante un autor con la suficiente maestría como para manejar a su antojo las normas del idioma.

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